Miércoles 02 de Junio de 2010 07:45    PDF Imprimir Correo electrónico
La prostitución, a debate

¿Los derechos de las prostitutas? "Las cosas no tienen derechos", dice la moral de los puritanos, que desprecian lo que usan. Eduardo Galeano.

 

Por cuenta propia, explotadas laboralmente por los dueños de clubes, en la calle, en locales cerrados, con compañeros que las defienden y chulos que las presionan. Lo principal a la hora de acercarse al debate sobre las trabajadoras del sexo es comprender que la prostitución es tan heterogénea como las personas que la practican.

Por eso mismo, conviene no tratar un asunto complejo como éste desde el simplismo, como si toda la prostitución fuera lo mismo y se hiciera por lo mismo. Las ideas redondas, completas, con respuestas para todo, las ideas con una única mirada, unívocas, grandilocuentes, cerradas y categóricas suelen chocarse contra la realidad.

Decía Juan José Millás que "a veces las ideas son como esos zapatos viejos que nos resistimos a tirar porque resultan comodísimos (...) Hay ideas que de tanto usarlas han adquirido ya la forma de nuestro cuerpo, que se acoplan a nuestras necesidades como un útero... Lo malo es que, en la misma medida que nos protegen del entorno hostil, nos limitan. Por ello hay que tener el valor de cambiar de zapatos (...), de poner en cuestión las opiniones que utilizamos como un dogma de fe para protegernos de la incertidumbre".

En este mismo sentido, creo que la idea de que toda la prostitución es esclavitud o violencia de género tiene un gran impacto emocional, pero no deja de ser simplista, es un discurso fácil y que hace poco por acercarse a la realidad. Todos, sin ninguna duda, estamos a favor de perseguir la trata de blanca, la esclavitud y la violencia de género, pero sólo con que haya una mujer que quiera ejercer la prostitución ya es razón suficiente para reflexionar en torno a la regularización.

Porque si toda la prostitución es violencia de género, ¿cómo se entiende la existencia de colectivos como Hetaira, constituido por trabajadoras del sexo que luchan desde el 95 por sus derechos? ¿Cómo entender también que un Gobierno como el holandés esté practicando la regulación? Hay muchas preguntas para hacerse ante esta lógica, ¿dónde ponemos el límite o, sobre todo, quién pone el límite entre lo que es digno y lo que no? ¿Por qué ser modelo es tolerable y ser prostituta no? Si todo es violencia de género, ¿quién agrede a los trabajadores sexuales, en masculino? Entonces, si todo va en contra de la dignidad de la mujer, ¿se entiende que la pornografía que se ejerce en libertad también? Y lo que es peor, si la prostitución es violencia de género, quienes la ejercen en libertad y reivindican seguir haciéndolo ¿son colaboracionistas con la violencia de género?

Entonces, si toda la prostitución es violencia de género, así sin matices, ¿es colaboracionista con la violencia de género el jurado de los premios Goya que otorgó un galardón a Manu Chao por la banda sonora de la película Princesas? Y entonces, a ojos de quienes dicen semejante cosa, ¿yo también me he convertido en un justificador de la violencia de género?

En fin, se nos ha llegado a decir que quienes estamos a favor de regularizar la prostitución queremos legalizar a los proxenetas, pero eso es tanto como decir que quienes estamos a favor de legalizar el cannabis queremos legalizar el narcotráfico.

Por todo esto, merece la pena cambiar la mirada, porque estas posiciones impiden ver a las prostitutas como sujeto de derechos. En una visita a Pamplona Carolina Hernández, trabajadora del sexo, decía que "la consideración de que éramos meros objetos del deseo sexual masculino y víctimas por excelencia de la sociedad patriarcal llevaba implícito que para adquirir el estatus de sujeto debíamos dejar de ser prostitutas".

Ante la prostitución caben, por supuesto, diferentes valoraciones morales, pero ninguna de ellas está por encima de los derechos básicos, así expresado además por buena parte de las trabajadoras del sexo. Ni un sector del progresismo abolicionista, ni la iglesia, ni UPN, extraños compañeros de viaje en esta ocasión, pueden ser quienes determinen la moral pública estableciendo qué sexualidad es la correcta. Para mí la única regla en las relaciones sexuales es que deben estar guiadas por el respeto y la libertad. La capacidad de decidir si son o no comerciales sólo debe importar a quienes voluntariamente participen en ellas.

Dejemos, por lo tanto, de tratar a todas las trabajadoras del sexo como personas sin criterio, sin autonomía. Porque muchas prostitutas han dejado hace tiempo de ser una abstracción y han pasado a convertirse en mujeres con rostro, voz y opinión, con historias personales llenas de vida y con contradicciones, como todos.

Algunos estamos cansados ya de lógicas que interpretan sin escuchar, de hogueras ciegas que no preguntan, de inquisiciones que limpian a las malas mujeres, pero ahogan la libertad. Estamos cansados también de ideologías que dicen a la gente qué deben pensar, cuál es el camino y cuál es la conciencia para sí, es hora de desechar a los pastores puros y poner la oreja entre las ovejas que por suerte andan descarriadas, sin importarles si por ello son más o menos progresistas para la mirada oficial que todo lo mide.

 

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