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Natalia J. con su bebé de corta edad, en
la plaza del Ayuntamiento de Valencia.DAMIÁN
TORRES
La joven inmigrante vive atemorizada en Valencia desde que en enero de
2001 testificó contra un traficante de seres humanos y denunció
a la banda de delincuentes de Europa del Este que la explotaba J. MARTÍNEZ
(VALENCIA)
Natalia vive atemorizada desde que en enero
de 2001 denunció a la mafia que la explotaba en Valencia. En casi
dos años, recibió brutales palizas, testificó contra
un traficante de seres humanos, cambió de domicilio en siete ocasiones,
dio a luz a una niña y ahora sueña con casarse con su guardaespaldas,
el padre de su hija, un ex boxeador de quien se enamoró tras compartir
con él toda clase de adversidades y pesadumbres.
Tras entrar en España y pasar un
mes encerrada en un apartamento de Gandía con otros doce inmigrantes,
el jefe de la red mafiosa vendió a esta joven a un matrimonio francés
por 300.000 pesetas (1.800 euros). "Los primeros días trabajé
en un bar de la avenida Doctor Peset Aleixandre, pero luego me llevaron
a un local de alterne'', relata Natalia. "Sufrí mucho durante
aquellos días, me drogaban y golpeaban en la cara porque no quería
acostarme con los clientes'', recuerda.
Denuncia ante la Policía
Después de soportar varias palizas, la joven decidió contarle
su calvario al dueño del club, quien a su vez puso los hechos en
conocimiento de la Asociación Nacional de Empresarios de Locales
de Alterne. Fue entonces cuando, asesorada por esta agrupación,
Natalia decidió acudir a la Policía, el 25 de enero de 2001,
para denunciar al marsellés que le propinaba las palizas y a la
mafia que le había introducido ilegalmente en España.
Poco después, agentes del Grupo de
Extranjería de la Jefatura Superior de Policía de Valencia
detenían al ciudadano francés y a su mujer. El hombre ingresó
en prisión de manera preventiva y Natalia consiguió librarse
de las agresiones y amenazas.
La tranquilidad sólo duró
unos días. El marsellés salió de la cárcel
y lo primero que hizo fue visitar a la joven, a quien le exigió
que le devolviera el dinero que había pagado por ella. Un puñetazo
en la cara y una pistola que llevaba en su cinturón fueron los
argumentos que esgrimió el proxeneta.
Pero ésta no fue la única
agresión que sufrió Natalia por denunciar a los traficantes
de seres humanos y colaborar con la Policía. Días después,
la inmigrante fue brutalmente golpeada por dos miembros de la mafia que
la introdujo en España. "Me rompieron tres botellas de vodka
en la cabeza y luego me patearon en el suelo. Conseguí escapar
aprovechando un descuido cuando estaban durmiendo'', explica la víctima.
Ahora, casi dos años después,
cuando ya prácticamente ha olvidado todas estas desdichas y tiene
el apoyo de sus padres, que se trasladaron a Valencia procedentes de Europa
del Este, el Ministerio del Interior no le concede el permiso de residencia.
Y Natalia se pregunta a sí misma: "¿Dónde puedo
ir?, estoy amenazada y sé que me matarán si me echan de
Valencia y vuelvo a mi país''.
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