CARMEN SERNA. ISABEL LONGHI-BRACAGLIA
Viernes, 1 de agosto de 2003. Año
MADRID.- Ni un revolcón a la vista. Nada de retozar previo pago
entre árboles. Menos aún, ofrecer sexo de urgencia a
pie de calle.¿Prostitución-ficción? De momento,
determinación del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón,
decidido a desterrar el mercado del placer de la vía pública. «Eso
es imposible», reía ayer una de las 2.000 chicas que sobreviven
en la capital a razón de unos 25 euros el servicio, «¿Cómo
lo va a hacer?» La clave, no muy lejos, en los burdeles.
Hasta allí quiere desplazar el alcalde a todas las profesionales.Y
para convencer a las aludidas de las bondades de la mudanza, pone sobre
la mesa dos garantías: el Ayuntamiento no molestará a
los prostíbulos y la policía tomará las calles
a las que se desplacen las prostitutas para disuadir a los clientes. ¿A
quién le agrada que un agente pare su coche para identificarlo
en el momento en que busca un desahogo rápido?
Fin del polvo-aventura, que define Mayra, 37 primaveras y año
y medio ganándose con el sudor de sus carnes 4.000 euros al
mes en la Casa de Campo. Principio del negocio con beneplácito
del PP, de legalidad otorgada con bastón de mando municipal
a la oferta de sexo siempre que se esconda entre cuatro paredes.
La consigna de Ruiz-Gallardón no deja lugar a dudas: «Prohibir
la prostitución en la calle». Tal cual, sin posibilidad
de interpretaciones.Y para eso, como el Ayuntamiento no legisla, desplegará Ruiz-Gallardón
a la Policía Municipal en busca del cliente. Donde termine la
ruta del revolcón habrá un agente con orden de incomodar.
La estrategia no sólo desviará los ingresos hacia los
prostíbulos.En una ciudad como Madrid, donde el 90% de las prostitutas
es inmigrante, la sola presencia policial genera terror a la petición
de la documentación. Basta un paseo por sus principales lugares
de concentración (Casa de Campo y calle Montera) para comprobar
el poder de un uniforme visto de lejos: un grito y una huida colectiva.
El ejercicio de la prostitución no está penalizado, pero
la aplicación de las ordenanzas municipales permitiría,
además, sancionarlas por ocupación ilegal de la vía
pública, al igual que planea hacer el Ayuntamiento para acabar
con los vendedores de kleenex y los limpiadores de las ventanillas
del coche.
Cree Ruiz-Gallardón que las mujeres estarán «mejor» en
un club y «mucho mejor» fuera del mundo de la prostitución, «lejos
de las mafias que las explotan». Por eso tentará a las
trabajadoras del sexo, les abrirá la puerta con el cartel de
salida: «Toda la que quiera dejar de ser prostituta podrá lograrlo».
Hoy mismo da el alcalde el primer paso hacia su meta, con el cierre
al tráfico de la Casa de Campo: sin coches, no hay clientes.Sólo
el anuncio ha obrado ya el milagro. Ayer, apenas se contaban una docena
de mujeres a una hora en la que sumaban fácilmente 200. En los
arcenes, parejas de agentes, como entre los árboles pero a caballo.
El efecto inmediato de la medida se comprobaba en la calle Montera.«Desde
hace un semana han venido muchas mujeres del Este», cuenta Kati
apoyada en una farola. La apreciación coincide con las ausencias
detectadas en la Casa de Campo, donde se mantienen las subsaharianas
y las suramericanas, pero, ayer, no había rastro de la rumanas.
Los alrededores de la Gran Vía serán el primer destino
de los policías a los que el alcalde encomendará la misión
de ahuyentar a los clientes. Nadie se alegrará más de
eso que los vecinos de la zona, tras muchos años reclamando
mano dura en calles donde a cada cinco pasos se ofrece una mujer.
Y casi tanta satisfacción se llevarán al conocer las
intenciones de Ruiz-Gallardón los propietarios de los burdeles.
La certeza de que el Ayuntamiento no perseguirá su goloso negocio,
aleja la amenaza de redada que no pocas veces se ha hecho realidad.Como
hace ayer un año, cuando un espectacular despliegue policial
desembarcó en un céntrico y emblemático local
de alterne camuflado bajo la tapadera de una discoteca. O mucho antes,
con la clausura del Club Social Barajas (verano de 2000) o del hotel
reconvertido en un gran prostíbulo bajo el nombre de Brisas
(abril 2001).
El último abierto, el del Avión, al borde la N-II, con
22 bailarinas, 80 habitaciones (60 euros cada una, a los que se suman
seis por las sábanas), salones privados y una amplia oferta
de servicios.
Para más facilidades, el Gobierno regional, del que Ruiz-Gallardón
es también presidente en funciones, ha eliminado del decreto
que regula la hostelería la prohibición de facturar y
ocupar más de una vez al día las habitaciones de pensiones,
hostales y hoteles. La medida, que figuraba en el borrador de la normativa,
iba a acabar con los alquileres de las estancias por minutos, como
ocurre en las casas de citas.
Lo que es seguro es que, por ahora, el alcalde ni siquiera se plantea
la posibilidad de aceptar la propuesta difundida por las prostitutas
en demanda de un barrio propio. Lo bautizaron como barrio tolerancia
y explicaron sus objetivo poniendo como ejemplo el barrio rojo de Amsterdam. ¿Por
qué no? La respuesta arroja otra pregunta desde el Ayuntamiento: ¿Qué vecinos
de Madrid consentirían la instalación de los escaparates
bajo sus casas?
El debate es casi tan antiguo como el oficio que lo genera. Y de su
realidad se concluye que alcanzar un acuerdo que contente a todas las
partes es más que complicado. De hecho, el relatado no será el
primer intento del Consistorio para borrar a las chicas del paisaje
urbano. Ya probó sin éxito y con muchas críticas
la anterior concejala de Seguridad, María Tardón, en
la Casa de Campo. La diferencia estriba en que a la presión
policial de entonces, se agregarán ahora los cortes de tráfico
y la oferta de ayudas sociales a las mujeres. Además Ana Botella
convocará en septiembre el Foro de la Prostitución. Habrá que
esperar para hablar de efectividad.
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18 horas de veto a los coches
Antes que las prostitutas, los primeros en padecer los efectos de las
restricciones de tráfico que se estrenan oficialmente hoy en
la Casa de Campo serán los conductores. Desde las 10.30 horas
y hasta las 14.30 las vallas cerrarán el paso a los vehículos,
que también estarán vetados entre las 19.30 horas y las
7.30 horas del día siguiente.
En total, la circulación sólo tendrá vía
libre durante seis horas al días por decisión del Ayuntamiento
que, con ello, dice perseguir la preservación de este espacio
natural que es uno de los principales pulmones verdes de la capital.
Según fuentes municipales, cada día laborable entran
en la Casa de Campo 55.000 vehículos, aproximadamente. Los cortes
de circulación reducirán a la mitad esta cantidad, especialmente
en la carretera principal que cruza el parque de este a oeste.
Las zonas restringidas al tráfico son cuatro: la carretera de
Rodajos hasta el Estacionamiento Terrizo, la carretera de Zarzón
hasta el acceso de la carretera de Rodajos, el camino de la Venta hasta
el paseo de Robledal y el paseo de los Plátanos hasta el camino
del Ruiseñor. El cierre se mantendrá durante las 24 horas
del día los sábados, domingos y festivos.
El Ayuntamiento colocará en los accesos a la Casa de Campo nuevas
señales que informarán de los cortes y las direcciones
prohibidas y los horarios autorizados.
«
Si me dan 'papeles', lo dejo y trabajo en otra cosa»
Todas ríen al saber de las intenciones del alcalde. «Pero
cómo va a acabar con la profesión más antigua, ¡con
la demanda que hay!». Dignas con sus raquíticas minifaldas,
con prendas que siempre dejan asomar la carne que ofrecen, con miradas
de pasión forzada, con resignación...
Las prostitutas recibían ayer la noticia con escepticismo y
sin intención alguna de mudarse a los prostíbulos, por
mucha policía que les pongan para ahuyentar a los clientes. «Madrid
es muy grande, tiene muchas calles, ya nos moveremos a otra»,
advierte la colombiana Vicki, 29 años.
«
En los clubes es peor. En la calle, el dinero es para nosotras.Allí,
tenemos que dar la mitad al dueño y las condiciones de higiene
no son tan buenas como la gente piensa. Aquí exigimos preservativo
para todo y en algunos clubes no».
Se lo cuenta la africana Sofía a Susan, camerunesa de 23 años
y con sólo cinco meses en la Casa de Campo conoce ya casi todos
los secretos de la profesión que espera dejar un día
para cumplir su sueño: «Tener una familia feliz y tres
o cuatro hijos». Mientras tanto, encoge los hombros cuando se
le pregunta dónde irá a partir de hoy, cuando los coches
dejen de pasar por allí. «Nosotras tenemos que trabajar
porque no tenemos papeles y no podemos hacer otra cosa, así que
encontraremos otro lugar», vuelve a la carga la veterana Sofía.
Ni ellas, ni ninguna otra reconocen tener chulo al que rendir cuentas,
pero muchas confiesan que cambiarían de vida con una condición: «Si
nos dieran papeles, además de ayudas suficientes para vivir,
lo dejaríamos para trabajar en otra cosa». Eso o...«que
lo legalicen, que es lo que tendrían que hacer», más
reivindicativas Mayra, Vicki y Katia. La última sólo
cambiaría de trabajo «para ser modelo».